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se me perdió un país

se me perdió un país

lo he buscado debajo de las piedras
que arrojan los niños a la policía
en los cajones y en la cesta de la ropa sucia
que no se lava frente a los extraños

me arrodillé en la calle a tantear el asfalto
buscando mi país perdido
nadie me ayudó
la gente que pasaba de prisa
pensaba que era una indigente

acaso lo sea
acaso no tener un país sea lo mismo
que no tener hogar
no tener tierra bajo los pies
no tener nombre

se me cayó del bolsillo mi país
cuando buscaba las llaves
lo perdí para siempre
por mucho que publique carteles diciendo
perdí mi país
era hermoso, lleno de colores y pájaros
dolía como nunca me ha dolido otra cosa
y yo lo amaba
si lo ve, por favor llámeme a este número
pago recompensa

nadie recoge del suelo un país ajeno para devolverlo
un país roto y sucio que no reconoce
que no es suyo

acabará en la basura mientras yo
sigo deambulando por las calles
pensando en mi país perdido.

Imagen destacada: «Parque Carabobo«, fotografía de Carlos Adampol Galindo, utilizada bajo licencia CC BY-SA 2.0

Eliminar el ruido

Como la mayoría de las personas altamente sensibles (PAS/HSP), me veo fácilmente afectada por los estímulos excesivos: mi umbral de tolerancia al ruido, por ejemplo, es mucho más bajo que el de casi todas las personas que conozco; soy muy sensible al dolor; las luces brillantes y los grupos grandes de gente me ponen nerviosa fácilmente. (Si te sientes identificada con estas cosas, sugiero que comiences por acá). Pero esto no es un post sobre las PAS. Durante varios años, he tenido períodos en los que decido reducir cosas en mi vida: reducir las cosas que poseo, las actividades que llevo a cabo, las metas que me fijo a mí misma. A pesar de mi tendencia natural a querer abarcar demasiado, me he convencido, cada vez más, de que en muchos casos menos es más, o mejor dicho, lo mejor es menos, pero mejor.

Durante años recientes he notado que hay cosas que afectan mi capacidad de concentrarme y de estar presente, lo que a su vez incide en otras cosas, como mi facultad de pensar con mayor profundidad y complejidad, mi paciencia y mi persistencia. Todas estas cosas han mejorado mucho durante 2018 gracias a factores como haber encontrado un tratamiento adecuado para mi MDD, y haber diagnosticado y empezado tratamiento para otros problemas de salud que estaban afectando también mi capacidad mental. Sin embargo, con parte de esa neblina despejada, he terminado por identificar que mi manera de relacionarme con las redes sociales no está resultando saludable para mis metas: en general, suelen convertirse en un vacío que se traga mi tiempo, que altera mi estado de ánimo y en ocasiones me desmotiva, pero sobre todo, el bombardeo constante de piezas pequeñas y poco profundas de información afecta mi capacidad de pensar con mayor lentitud y profundidad sobre las cosas.

Esto, en combinación con una de mis metas principales para 2019 (enfocarme y priorizar mi trabajo creativo) me ha llevado a decidir separarme de las redes sociales durante -al menos- el primer trimestre de 2019. En primer lugar, escribir ficción (en particular escribir una novela) requiere de un tipo de concentración que no estoy alcanzando en un día normal, y que en mi opinión tiene que ver con «dejar entrar demasiadas cosas» del mundo externo, con salir y entrar constantemente del mundo de la novela al mundo real. Tengo dos años trabajando de manera simultánea en un libro de cuentos y en una novela, y recientemente obtuve un fondo del Ministerio de Cultura chileno para terminar el libro de cuentos, lo que me compromete a hacerlo este año. La novela, nadie la está esperando, pero en lo personal necesito avanzar en ella.

En segundo lugar, otras de mis metas para este año -relacionadas con alimentarme mejor, con trabajar en mi salud mental y otras cosas por esa línea- requieren también un grado de presencia de mente (o «mindfulness«, se dice ahora) que la dopamina instantánea del scroll infinito simplemente no me está permitiendo.

En qué se traduce esto

No voy a estar accesible en Twitter, Instagram ni Facebook desde el primero de enero y hasta el primero de abril. Las aplicaciones no estarán instaladas en ninguno de mis dispositivos; no revisaré mensajes públicos ni privados, y no leeré el timeline. Si quieren que me entere de algo, envíenme un e-mail, un WhatsApp, o escríbanme por la página de contacto.

Como nota adicional, no voy a estar tomando trabajo freelance o encargos de ningún tipo durante este primer trimestre, al menos. Si eso cambia, actualizaré esa información en este mismo lugar.

Al mismo tiempo, si yo quiero contar algo, lo haré por alguna de estas cuatro vías:

  • Este blog.
  • El podcast Ratón de librería, que junto a Arianna retomaremos a cuatro manos a partir de enero para compartir los libros que estaremos leyendo.
  • Mi newsletter, que saldrá sin ninguna promesa clara de periodicidad, cuando a mí me parezca.
  • Mi canal de YouTube, donde puede ser que publique cosas, o puede ser que no.

Con todo esto, que quede claro: mi prioridad este año es mi obra de ficción, no el contenido que creo para internet, y en consecuencia no hago ninguna promesa al respecto. Publicaré lo que sienta deseos de publicar, y eso significa que puede ser que no publique nada.

Mi otra (principal) prioridad este año es mi salud. Según información reciente de los múltiples médicos que he visitado, tengo mucho trabajo que hacer en mi alimentación, en mi peso, en mi glicemia, mis hormonas y mi colesterol, en mi depresión y mi ansiedad, y todo eso, evidentemente, va a estar priorizado por encima de la producción de contenido para internet.

Maneras de ponerse en contacto conmigo

  • Si tienes mi e-mail, envíame un e-mail. Los reviso todos los días. No esperes respuesta en cinco minutos.
  • Si tienes mi WhatsApp, somos amigos: para qué estás preguntando estupideces entonces.
  • Si no tienes ninguna de las dos cosas, pídele mi e-mail a alguien que sí lo tenga, o envíame un mensaje por la página de contacto.

mi lengua es una grieta

mi lengua es una grieta
donde se escapan años de resabios, 
insultos ancestrales,
el hábito imprudente de una risa estruendo
el frío entre mis huesos todas las madrugadas

mi lengua es un pez plata que aletea moribundo
resistiendo sus últimos minutos
negándose a enfrentar la metamorfosis
a respirar afuera de su mar de petróleo

mi lengua se resiste a conjurar otros dioses
a lamer otras pieles, a crear otros sonidos
y me traiciona cuando un eco mapuche
le recuerda el sonido de la lluvia
que no cae

mi lengua no es mía
es la lengua de mis conquistadores
jaula  dogma  madre   rabia  rencor  resentimiento
lengua nutricia creadora de universos

mi lengua se da vuelta hacia sí misma
y me convierte en lo que nunca fui:
una mujer callada a falta de palabras
que no pueden decirse
palabras que se escapan al viento de Santiago
buscando oídos que las reconozcan
detonando en mil significados erróneos
versiones falsas de mí

mi lengua se deshace como algodón de azúcar
en la humedad de tu lengua interminable.

Mudanzas

La primera vez que empecé un blog -hace ya más de once años- lo comencé con una mudanza. Sería casi poético de no ser porque las mudanzas parecen la única constante en mi vida: en la última década me he mudado al menos ocho veces, tres de ellas a una ciudad distinta. Esta vez me toca mudarme de nuevo, en una ciudad que todavía siento mía solo a medias, donde he tenido que conciliarme con el hecho de estar siempre fuera de lugar, de ser siempre extranjera, un poco sobrar todo el tiempo, invadir, tratar de ocupar espacios a los que no tienes derecho. Por meses, al mismo tiempo, evadí y me preparé para la búsqueda de departamento, sabiendo que podía ser un periodo largo y tortuoso, con la dificultad de que la burocracia migratoria te haga un ciudadano de segunda categoría, con las limitaciones financieras que vienen acompañando ese hecho. Por supuesto, como siempre sucede, no me preparé para lo que sucedió: encontrar departamento en menos de 24 horas, enamorarme del primer lugar que visité y que quisieran alquilármelo sin poner problema alguno.

Encontramos un lindo departamento en el centro de Santiago; pequeño, sí, pero enorme en comparación con el sello postal donde hemos estado viviendo el último año. Que no se entienda que me quejo; miro a mi alrededor, el diminuto cuarto donde he dormido sin miedo a que me despierte un allanamiento, la diminuta cocina donde ha habido agua y electricidad cada hora de cada día del año y no me quejo; soy agradecida como un animal manso al que se le han ido curando las heridas, aunque quede la cicatriz visible entre el pelaje.

Agradecida. El departamento nuevo tiene un pequeño balcón -terraza, dicen acá- donde caben unas cuantas plantas, y las ventanas protegidas con malla. Me contestan que sí cuando pregunto si podré tener un gato, si está permitida la compañía animal en el estricto pacto que firmo ante el notario casi sin leer, agradecida, de nuevo, de haber encontrado un lugar donde vivir, de poder pagarlo y de que la dueña me haya hecho corta la normalmente extensa lista de requisitos: doce meses de cotizaciones, tres meses por adelantado, un salario cuatro veces superior al monto de la renta, un aval chileno, documentar con cheques un año de alquiler, no ser extranjero. La dueña -amabilísima- solo me pide la mitad de esos requisitos, pero sobre todo, no me pide no ser extranjera, el requisito que no lograré nunca por mucho que ahorre o trabaje o me pare de cabeza. Firmo, y entrego en pago casi todo cuanto poseo, para mudarme a un rinconcito con luz que apenas podré amoblar con una cama y un refrigerador; lo estrictamente indispensable, hasta que las finanzas se recuperen del golpe. No importa; agradezco; en realidad nadie necesita un sofá o un televisor para vivir; según he aprendido, es posible vivir incluso sin paz, sin certezas y sin electricidad. Por eso, ahora, cada vez que me encuentro dando un paso en firme antes de arriesgar el siguiente, agradezco el suelo bajo mis pies, porque sé que no está garantizado, que es un lujo y un privilegio que tengo la suerte de tener.

Como encontramos departamento tan pronto, tengo varias semanas para ir mudando nuestras posesiones, preparando las cosas; para contratar internet y hacer que lo instalen; para dar vueltas por la sala vacía mientras me imagino qué cuadros colgaremos, mido bien los espacios una y otra vez para ver si entra un escritorio donde pintar mis acuarelas, y le pongo nombres imaginarios a mi gato imaginario al que José Luis se ha ido acostumbrando antes de que exista -como la mayor parte de la gente en mi vida, es un dog person; es obvio que si no lo fuera no habríamos sobrevivido juntos más de una década. Yo, que le tenía miedo a los perros desde toda mi vida, me he ido reconciliando con los perros tranquilos y amables de Santiago, con los perros callejeros que están mejor alimentados y más abrigados que yo en invierno, y cuyos ladridos son tan inusuales como la lluvia-. Sin embargo sigo queriendo un gato, aunque estoy segura de que esto no es sino una expresión del deseo subterráneo de echar raíces, por fin, en algún lado. En una semana cumpliré treinta y tres años, me digo, y desde los diecisiete me siento nómada en el mundo, sabiendo que cada lugar es transitorio y con la escasa seguridad de tener un hogar solo una semana o dos al año, cuando vuelvo en peregrinación hasta la casa de mi madre, hasta el pueblo donde nací. Es hora, me digo, de hacer de otros lugares una nueva versión del hogar, de encontrar lugares donde pueda pisar con firmeza, sin miedo a que el suelo se desmorone bajo mis pies.

El sabor de un tequeño en Santiago

Fotografía de Caracas a pie, bajo licencia CC BY-SA 2.0.

Es otoño en Santiago y es difícil lograr que el aceite caliente lo suficiente para freír cualquier cosa. Hace un frío penetrante y húmedo, y la cocina eléctrica, por mucho que me digan que sí, no calienta igual que las de gas. Mi primer intento de hacer tequeños es un fracaso cercano a la catástrofe, pero me los como de todas maneras, porque no es el momento de derrochar queso llanero, tan caro y tan codiciado.

El queso y el café son los dos grandes puntos de tensión gastronómica para un venezolano en proceso de adaptación migratoria. No es cierto que la gastronomía chilena sea pobre en absoluto, pero sus quesos son incompatibles con nuestras preparaciones, y su paladar está adaptado al café instantáneo, lo que resulta una afrenta para una guariqueña cafeinómana como yo. En efecto, el café resulta un tema constante de conversación. Me presentan a una pareja de recién llegados; intercambiamos tips: en La Vega se consigue café colombiano; también coladores de tela, en caso de que no se te haya ocurrido traerte el tuyo. El mío se vino en la maleta, casi con más prioridad que la ropa interior. Es la única manera de encontrar un guayoyo decente: hacerlo en casa. Los chilenos no tienen dificultad en admitirlo: “El café es terrible”, es lo primero que me advierte un amigo cuando le anuncio mi inminente viaje. “Lo preparan agua’o”, me dice, sonriendo, el barista de una panadería venezolana que acaba de abrir en la calle San Francisco. Su principal atractivo: tienen cachitos. Mientras mis amigos en Buenos Aires se quejan de las vicisitudes que implica encontrar harina de maíz, en el centro de Santiago tan solo tienes que caminar un par de cuadras en cualquier dirección para encontrar algún vendedor ambulante ofreciéndote trozos de nostalgia. No están permisados, y es terrible, pero a nosotros nos importa entre poco y nada. Hasta el menos nacionalista experimenta un punto de inflexión psicológico en el que necesita reafirmar su identidad, y qué mejor manera de reafirmar la identidad que comerse un patacón o una buena ración de mandocas.

Sentada en las escaleras de Fanor Velasco 56 -el edificio de extranjería-, el sonido predominante que flota en el aire son las voces de mis paisanos anunciando “empanadas venezolanas, a la orden”. ¿Cómo hacer una cola de dos o tres horas (o cinco, como fue mi caso) si no es con una empanada de pollo con guasacaca? Miro a mi alrededor y reconozco entre las muchas nacionalidades, los rostros estoicos de los míos, una raza resiliente a las colas, a las esperas, llenos de paciencia, pies de plomo, espalda firme.

Cuando llega ese punto de inflexión -el punto en el que la nostalgia te alcanza y te encuentra poniendo a Cecilia Todd en Spotify y comprando una entrada para ir a escuchar a Desorden Público-, el lugar de peregrinación, el verdadero punto de confluencia de la venezolanidad fuera del territorio nacional son los restaurantes abiertos y administrados por venezolanos en todo el mundo. No ha habido una persona que me sirva una cachapa en Santiago sin que yo quiera abrazarla y proclamarla mi hermana para siempre. Para mí, que carezco de chauvinismos inútiles, más que emprendimientos comerciales, estas personas dirigen santuarios; lugares donde se preserva encendida la llama del hogar que un día espero reconstruir.

Por otra parte, la comida es también el lugar donde se hace más notoria mi extranjería. La traducción constante de aguacate a palta, de maíz a choclo, de frijol a poroto, de remolacha a betarraga, aún no se integra del todo en mis circuitos mentales y es una de las principales causas de la fatiga constante de mi cerebro. Nunca deja de resultarme entretenido explicar las diferencias entre plátano/cambur y plátano/plátano, ni ver las expresiones de extrañeza en sus rostros cuando les explico qué es una tajada. Hago preguntas constantemente: aprendo que el pepino puede ser una fruta, cómo se come una tuna, a qué sabe una granada. Una mañana llevo a la oficina tunjas y pan de guayaba, mientras en las redes mis paisanos se burlan de la campaña gubernamental contra el gluten. El pan sabe a culpa cuando en casa no lo hay, cuando tu gente tiene que hacer horas de fila sin ninguna certeza de encontrarlo.

Igual, pasa los días en que todo lo demás falla y sientes que la realidad te tiene contra las cuerdas, hay héroes silenciosos que hacen delivery de tequeños y de empanadas de pabellón hasta la puerta de tu departamento. Basta un mordisco para saber que Venezuela es un lugar que se lleva dentro, y que este dolor indefinible y perenne en el centro del pecho es al mismo tiempo el corazón y la boca del estómago, un vacío que solo se llena extendiendo la mano hacia el otro, que solo se llena cuando horneas una torta con la receta de tu mamá, y otra persona la prueba y te dice “es idéntica a la torta que hacía mi abuela”.

El pasto más verde: espacio público, jardines vallados y la privatización de la libertad de expresión en internet

Las preocupaciones tradicionales de la sociedad civil en torno al ejercicio de la libertad de expresión en línea tienden hacia la tensión entre las acciones de los Estados para restringirla y la defensa correlativa de los derechos humanos. Sin embargo, el rol de los prestadores de servicio en la formulación e implementación de mecanismos regulatorios nos muestra que la gobernanza de internet en materia de libertad de expresión está experimentando cambios importantes (Hintz, 2016); estos cambios, marcados por la transición de responsabilidades administrativas y de políticas públicas de las manos del Estado a los intermediarios privados (DeNardis y Hackl, 2015) alteran la lógica del ejercicio de estos derechos en el espacio digital y requieren nuestra atención.

El discurso en línea ofrece posibilidades incrementadas para la expresión de los ciudadanos; no solo existe ahora una mayor cantidad de contenido generado por los usuarios, abarcando un espectro más amplio, sino que es más fácil encontrarlo e involucrarse con el contenido que nos interesa (Thomson, 2012). Sin embargo, estas formas de expresión no ofrecen las mismas garantías legales que tradicionalmente asociamos a la expresión offline. Independientemente de la importancia social y el carácter público de las actividades que desempeñemos en ellas, las plataformas de redes sociales son espacios de propiedad privada; en palabras de Yochai Blenkler (2006), internet es una «esfera pública construida en base a infraestructura privada». Aunque algunos gobiernos poseen y controlan parte de la red, en su mayor parte ésta es propiedad de entidades privadas. Esto significa que las relaciones entre los usuarios y las plataformas no están regidas por parámetros de derechos humanos, sino por el derecho privado, de lo que se colige que los propietarios de la infraestructura o plataforma tienen el derecho de excluir, manejar y establecer limitaciones sobre la manera en que otros utilizan su propiedad (Thomson, 2012).

De este modo, nuestro discurso en línea deja de verse regulado por la normativa nacional o internacional que protege nuestros derechos fundamentales y pasa a ser regido por los términos de servicio y políticas de contenido que cada proveedor establezca, mediante las cuales determina qué contenido es aceptable para su plataforma (Leetaru, 2016).

Este esquema, como veremos más adelante, posee características de autorregulación y guarda ciertas similaridades con el modelo autorregulatorio de los medios impresos (Tambini y Leonardi, 2008). No obstante, en el esquema de las redes sociales, los usuarios consienten en renunciar a derechos fundamentales en intercambio por servicios frecuentemente considerados “gratuitos” (MacKinnon, 2013).

Redes sociales y centros comerciales
Así, las redes sociales permiten a las personas involucrarse en el debate público en maneras que son a menudo democráticas, pero hacen esto a través de mecanismos que son propiedad de privados. Este desplazamiento del espacio público por el espacio privado ha sido comparado con el reemplazo de los espacios físicos de carácter público (como plazas y calles) por los centros comerciales, en tanto que la infraestructura privatizada de las redes sociales, al igual que éstas, obedece una lógica comercial (Hintz, 2016). Ahora bien, si estas plataformas están, en la práctica, fungiendo el rol que corresponde a las plazas públicas en el sentido metafórico, ¿cabe esperar entonces que respeten algún tipo de responsabilidad? Pellot (2013) afirma que en efecto, las empresas que administran estas plataformas cumplen el rol de ser canales del discurso público, y que como tales, no podemos considerarlas espacios privados en sentido estricto.

Es siguiendo una lógica similar que la Suprema Corte estadounidense extendió (en 1946, Marsh v. Alabama) las protecciones equivalentes a la libertad de expresión a los centros comerciales, bajo el concepto de “equivalencia funcional”. Así, se argumentaba que estos espacios habían desplazado a las plazas públicas como espacios cívicos, y que en consecuencia, las actividades públicas propias de éstos (en específico, las actividades políticas y de protesta) debían ser permitidas en los centros comerciales independientemente de su carácter privado. Sin embargo, esta doctrina fue revertida posteriormente. Se entiende que la esfera pública puede, en efecto, tener lugar en espacios públicos tanto como en espacios privados, no obstante, se sostiene que, aunque los actores públicos (el Estado) deben garantizar la existencia de espacios públicos donde la libertad de expresión sea disponible a todos, no cabe esperar que los actores privados garanticen esta libertad de la misma manera (Chiodelli y Moroni, 2015).

Cabe, sin embargo, una última analogía entre el centro comercial y la red social. En 2006, sostenía Low en relación con la ciudad de Nueva York luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 que el acto de cerrar un espacio público con la finalidad de rediseñarlo y abrirlo nuevamente bajo lógicas de vigilancia intensiva era una práctica precursora de la privatización del espacio público, en el sentido de que tal vigilancia erosiona la relación entre el espacio y el uso que de éste pueden hacer las personas. En la actualidad, los mecanismos de vigilancia específica han sido reemplazados por la recolección y procesamiento continuo de datos sobre diversas áreas de la actividad humana (Hintz, 2016), y las plataformas de redes sociales son una pieza fundamental en esta mecánica, dada la enorme cantidad de información que recogen y comparten con entidades externas. Por un lado, es intrínseca a su modelo de negocios la práctica de compartir datos con terceros para maximizar las ganancias por publicidad; por otro lado, es habitual compartir datos sobre sus usuarios con los gobiernos que así lo requieren (De Nardis y Hackl, 2015).

Mientras más, mejor
En la medida en que la recolección de datos de los usuarios es central a los modelos de negocio de estas plataformas, es vital para ellas que nos sintamos libres al participar en sus comunidades (Cagle, 2015), dado que esta sensación de libertad facilita el consentimiento voluntario a la recolección y monetización de los datos (DeNardis y Hackl, 2015). Este consentimiento es dado tras la aceptación de términos y condiciones establecidas por estas plataformas para determinar qué conductas y qué contenidos son aceptables, normas que se convierten así en el código de conducta para pertenecer a estas “comunidades” (Pellot, 2013).

Así, el principal valor en el potencial de pertenecer a una de estas plataformas no se encuentra en las características técnicas de la plataforma misma, sino en la cantidad de miembros que ésta contiene (Thomson, 2012). Tal como nos dice Johnson (2016), redes sociales como Facebook funcionan en base a una “teoría agregacional” de la libertad de expresión, bajo la cual el principal énfasis está en el agregado de las voces en una determinada plataforma, y la única manera de mantener un agregado alto de esas voces es convencer a los usuarios de que las reglas de la comunidad permiten promover la expresión y prevenir el daño causado por el contenido considerado “nocivo” de manera simultánea. Así, la política de contenidos de una plataforma de este tipo no está dictada por el carácter legal o ilegal del contenido publicado, sino por las fuerzas del mercado, y la remoción de contenido es causada por el deseo de evitar la pérdida de una masa crítica de usuarios (Johnson, 2016).

En consecuencia, aunque desde el punto de vista técnico, la plataforma es “neutral”, en la práctica quienes la administran toman decisiones todos los días con respecto a qué contenido se permite y cuál debe removerse (DeNardis y Heckl, 2015), decisiones que obedecen lógicas de mercado, favoreciendo las opiniones y expresiones que son populares y afectando expresiones impopulares que, sin embargo, estarían protegidas bajo los parámetros de la libertad de expresión (Thomson, 2012). Este balance explica las marcadas diferencias entre el contenido considerado aceptable en plataformas como Facebook o Instagram, y el que es permitido, por ejemplo, en Reddit o 4chan: las comunidades formadas en torno a distintos servicios aceptan, toleran e incluso celebran diferentes clases de conductas, y el comportamiento que puede ser considerado destructivo en ciertas comunidades no lo es en otras (Chandrasekharan et al., 2017). Tanto para el usuario en busca de una audiencia como para la empresa que busca preservar una masa crítica de usuarios, entender la lógica del mercado al que se dirige es esencial en este caso.

Es en este sentido que Thomson (2012) nos habla del concepto de “lock-in”: si bien el usuario acepta voluntariamente los términos de servicio que la plataforma establece, y es teóricamente libre de migrar a otra plataforma cuando así lo desee, la mayoría de los usuarios no poseen el dinero y las capacidades técnicas para elegir otros mecanismos, y algunos OSPs son tan dominantes en el mercado que no existe una alternativa satisfactoria, es decir, la elección de un usuario de migrar a otro servicio, o la decisión de la empresa de negar servicio a un determinado usuario, si bien no imposibilita el acceso de éste a la difusión de su contenido sí lo hace suficientemente inconveniente para ir en detrimento del impacto que podría haber alcanzado.

Por un lado, los parámetros de lo que se considera contenido aceptable están sujetos a ser cambiados en respuesta a influencias por parte de los usuarios y del Estado (Hintz, 2016), lo que no ofrece un piso estable para que los usuarios estén seguros de que su contenido no infringe ninguna norma, pero además, lleva a las compañías a restringir más contenido del que usualmente sería necesario por exigencias de ley en un determinado país o contexto (Pellot, 2013).

Es así como encontramos que compañías como Facebook terminan siendo mucho más conservadoras que la propia ley, y su temor a represalias (de los usuarios, de sus accionistas y del Estado) se convierte en presión de vigilarse a sí mismas (Hintz, 2016). Facebook ha sido denunciado por censurar imágenes de mujeres con sobrepeso, amamantando, imágenes de pezones o relacionadas con la menstruación, e incluso campañas de concienciación contra el cáncer (York, 2016).

Responsabilidad social corporativa
Si bien está claro que la principal responsabilidad de una empresa es ante sus accionistas (Pellot, 2013), Thomson (2012) y Johnson (2016) nos hablan de “responsabilidad social corporativa” como explicación de las decisiones de los intermediarios en redes sociales. La responsabilidad social corporativa es

un esfuerzo concertado por parte del equipo de relaciones públicas de una empresa para, al menos, dar la apariencia de que (1) la empresa está preocupada por las consecuencias sociales de sus prácticas de negocio, y (2) la empresa está tomando medidas activas para minimizar las consecuencias negativas y maximizar las consecuencias positivas de sus prácticas (Johnson, 2016).

Los intermediarios de plataformas que administran contenido generado por los usuarios necesitan estar en la capacidad de señalar a sus políticas, previamente justificadas, para justificar las decisiones que toman, en la medida en que estas decisiones “fortalecen los atributos positivos de la red y remueven los negativos”. En gran medida, su capacidad para mantener la homeóstasis de la red que administran es el punto principal del valor que ofrecen a sus usuarios finales, en tanto curadores de la información que administran. Yoo (2009) nos dice que, dado que el usuario final no está en capacidad de procesar la avalancha de información que se le presenta cotidianamente en internet, la manera en que los intermediarios seleccionan y presentan el contenido constituye la fuente primaria del valor que ofrecen, y es así una “voz editorial” distinguible, similar a la de un medio de comunicación tradicional.

En este sentido, es cierto que las redes sociales contemporáneas administran jardines vallados de contenido que pretenden lograr que sus usuarios no salgan del territorio que administran y se aventuren (¿se pierdan?) en la selva de la información (Leetaru, 2016). Sin embargo, asimilar su rol al de un medio de comunicación tradicional sería un error. En las redes sociales, los usuarios intervienen para determinar qué contenido encuentran, si bien el rol positivo de esta característica es discutible, por cuanto contribuye a generar cámaras de eco que refuerzan las creencias previas de los usuarios (Thomson, 2012). Es cierto, también, que la mayoría de las compañías de redes sociales adaptan los feeds de contenido de acuerdo con los intereses y preferencias del usuario pero incluso sin intervención directa de éste, lo que a efectos prácticos constituye una manipulación del contenido que los usuarios pueden alcanzar a ver (Hintz, 2016). Es inevitable considerar, entonces, que la función de intermediación de contenido que cumplen las plataformas de redes sociales interviene directamente en la interacción entre los usuarios y varias condiciones de la democracia: la forma en que las personas reciben las noticias, la manera en que articulan y asocian esta información, el acceso al conocimiento, y los espacios para deliberar e interactuar con otras personas sobre asuntos de importancia pública (DeNardis y Hackl, 2015).

Autorregulación
El modelo norteamericano parece ver la autorregulación como una alternativa menos peligrosa, por cuanto aleja la potestad de regular contenido de las manos del Estado (Tambini, Leonardi y Marsden, 2008). Nos dice Yoo (2009) que es preferible permitir a la audiencia elegir entre distintos intermediarios que someterse a la regulación gubernamental, por cuanto esta última presenta un riesgo mayor a la libre expresión. Sin embargo, es pertinente puntualizar que esta elección, como hemos mencionado antes, no es plenamente libre, y que los usuarios no se encuentran en igualdad de condiciones frente a las empresas en el momento de ingresar en estos contratos; por el contrario, su capacidad y posibilidades de apelar las decisiones que éstas toman son, en el mejor de los casos, limitadas (Leetaru, 2016).
Así, parece evidente que la autorregulación, por sí misma, es no solo insuficiente sino indeseable. Permitir que la “regulación invisible” del mercado determine cuáles ideas deben ser permitidas es detrimental y peligroso para los derechos humanos y para la democracia, que exige, por definición, la máxima pluralidad posible en las ideas.

Si bien el escenario ideal puede parecer requerir a los OSPs proteger la libertad de expresión de los usuarios, en el contexto legal actual tal intento sería inútil (Thomson, 2012). En el pasado, la ejecución de campañas y peticiones contra plataformas de redes sociales por parte de la sociedad civil han tenido éxito en lograr que alteren sus términos de servicio y sus políticas de contenido (Hintz, 2016), sin embargo, cabe puntualizar que esto no es sino otra forma de recurrir a las fuerzas del mercado para presionar a las empresas. Las opiniones y expresiones impopulares difícilmente lograrán causar la indignación pública requerida para que las plataformas respondan de manera positiva, del mismo modo que raramente logrará un usuario con poca influencia generar el cambio que se requiere. Cabe pensar, entonces, que es requerido el fortalecimiento de un modelo de co-regulación, donde las decisiones tomadas por las plataformas sean revisables por las cortes más allá de la validez de un contrato entre las partes, o en el que las limitaciones acordadas en los términos de uso sean revisadas por las autoridades de acuerdo con parámetros sustantivos de derechos humanos (Tambini, Leonardi y Marsden, 2008).

Por otra parte, quienes hacemos uso de los espacios proporcionados por estas plataformas quizás queramos reconsiderar la negociación de la cual formamos parte, en la que entregamos parte de nuestra autonomía como individuos y una gran cantidad de nuestros datos personales a cambio del servicio prestado, a cambio de formar parte de una comunidad de pares. Es cierto que el acceso a los medios de comunicación tiene una larga historia de control por parte de privados (Thomson, 2012), sin embargo, la llegada y la masificación del acceso a internet debía, en teoría, ofrecer la posibilidad de saltarnos al intermediario y de acercar a las personas el poder de comunicarse; sin embargo, aún seguimos dejando la administración de nuestras libertades fundamentales al arbitrio de actores privados. Como sociedad, la relación que tengamos en los años venideros con la información que producimos y que consumimos juega un rol esencial no solo en nuestra autodeterminación y nuestro desarrollo como individuos, sino en las decisiones, particulares y colectivas, que tomemos en el ejercicio de nuestra ciudadanía.

Bibliografía

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Chandrasekharan, E., Pavalanathan, U., Srinivasan, A., Glynn, A., Eisenstein, J., y Gilbert, E. (2017). You Can’t Stay Here: The Efficacy of Reddit’s 2015 Ban Examined Through Hate Speech. Proc. ACM Hum.-Comput. Interact. 1, 2, Article 31 (November 2017), 22 páginas.

Cagle, S. (2015). “No, you don’t have free speech online”. 10 de junio de 2015, Pacific Standard. Consultado en: https://psmag.com/environment/chuck-johnson-is-a-massive-baby-who-doesnt-know-how-to-read-service-agreements

Chiodelli, F., y Moroni, S. (2015). Do malls contribute to the privatisation of public space and the erosion of the public sphere? Reconsidering the role of shopping centres. City, Culture and Society, 6(1), 35-42.

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