Sorry, we don't have any sanitizer

Diarios de la pandemia [1]

Han pasado dos semanas desde que se confirmó el primer caso de coronavirus en Chile, y somos el único país en la región que no ha generalizado la orden de cuarentena. La gente sigue teniendo que ir a trabajar en su mayoría, porque las tiendas, los malls y la mayoría de los servicios siguen abiertos con normalidad, dependiendo de «recomendar» a los clientes que prefieran los canales digitales o telefónicos de atención cuando sea posible.

Yo no salgo. Durante muchos años, mi sistema inmunológico no ha sido el mejor, y en palabras de mi médico, «agarro cualquier bicho que me pase cerca». Sin chinazo. En consecuencia, y porque estoy bañada en privilegio y agua de rosas, estoy trabajando desde casa incluso desde antes que la mayoría, y tengo el espacio habilitado y cómodo para hacerlo. Me acabo de comprar un escritorio grande hace un par de semanas. Mi internet, que teóricamente es de 400 mbps, está dando en realidad 290, lo que es bastante razonable. Tengo comida en casa. Pero la mayoría de mis amigos con empleo fijo no están teniendo la posibilidad de quedarse en casa, ya sea por jefes inconscientes o sencillamente porque sus trabajos no pueden hacerse a distancia, y eso implica para ellos exponerse al transporte público, lidiar con gente durante todo el día, correr peligro porque el sistema no les ofrece el soporte necesario.

Por mi lado, la peor parte es el insomnio. No puedo dejar de pensar en mis amigos regados por el mundo: en Italia, en Francia, en Irlanda, en España, en Estados Unidos, en Argentina, en México. En mi amiga que acaba de tener un bebé hace pocos días, en mi amiga que superó una enfermedad mortal hace apenas un año y tiene un sistema inmune frágil. En toda la gente que amo que vive en Venezuela, con un sistema de salud inexistente, la mayoría de las veces sin agua ni luz, donde encontrar un paracetamol es una lucha. No puedo dormir. Dejé de ir a terapia y no le atiendo el teléfono a mi terapeuta porque no quiero hablar de estas cosas. Con mucha dificultad voy tachando dos o tres cosas diarias de mi larga lista de tareas.

Me dicen que para manejar la ansiedad en un escenario como éste, necesitamos sentir que controlamos algo. Yo -lamentablemente y como consecuencia de haber vivido en el chavismo- estoy demasiado consciente de que controlo entre poco y nada: me lavo las manos cada hora, limpio las superficies con Lysol, evito salir a la calle y a ratos, juego con la gata o me pongo a practicar guitarra para que la entropía informativa de las redes sociales no me coma viva. Pero es imposible evitar la sensación de estar viviendo en una distopía, una sensación que ya estaba ahí, en el fondo, desde hace varios años, y que en este momento se vuelve mucho más difícil de manejar. Quizá porque todos creemos ser los protagonistas de la película, y darnos cuenta de repente de que quizá -solo quizá- somos los extras que mueren en los primeros quince minutos sea un bocado difícil de digerir.

Estoy intentando volver a escribir, no solo este blog sino las dos novelas y el libro de cuentos que quiero terminar. Esto está resultando especialmente difícil porque además de mi trabajo, tengo que balancear varios clientes y trabajos extra para que las cuentas me cuadren. Si siempre has soñado en ser un mecenas de las artes, esta es tu oportunidad: puedes hacerte mi Patreon y obtener mi gratitud infinita, textos extra, fotos de Catira y quizá que le ponga tu nombre a alguno de mis personajes.

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