Mudanzas

La primera vez que empecé un blog -hace ya más de once años- lo comencé con una mudanza. Sería casi poético de no ser porque las mudanzas parecen la única constante en mi vida: en la última década me he mudado al menos ocho veces, tres de ellas a una ciudad distinta. Esta vez me toca mudarme de nuevo, en una ciudad que todavía siento mía solo a medias, donde he tenido que conciliarme con el hecho de estar siempre fuera de lugar, de ser siempre extranjera, un poco sobrar todo el tiempo, invadir, tratar de ocupar espacios a los que no tienes derecho. Por meses, al mismo tiempo, evadí y me preparé para la búsqueda de departamento, sabiendo que podía ser un periodo largo y tortuoso, con la dificultad de que la burocracia migratoria te haga un ciudadano de segunda categoría, con las limitaciones financieras que vienen acompañando ese hecho. Por supuesto, como siempre sucede, no me preparé para lo que sucedió: encontrar departamento en menos de 24 horas, enamorarme del primer lugar que visité y que quisieran alquilármelo sin poner problema alguno.

Encontramos un lindo departamento en el centro de Santiago; pequeño, sí, pero enorme en comparación con el sello postal donde hemos estado viviendo el último año. Que no se entienda que me quejo; miro a mi alrededor, el diminuto cuarto donde he dormido sin miedo a que me despierte un allanamiento, la diminuta cocina donde ha habido agua y electricidad cada hora de cada día del año y no me quejo; soy agradecida como un animal manso al que se le han ido curando las heridas, aunque quede la cicatriz visible entre el pelaje.

Agradecida. El departamento nuevo tiene un pequeño balcón -terraza, dicen acá- donde caben unas cuantas plantas, y las ventanas protegidas con malla. Me contestan que sí cuando pregunto si podré tener un gato, si está permitida la compañía animal en el estricto pacto que firmo ante el notario casi sin leer, agradecida, de nuevo, de haber encontrado un lugar donde vivir, de poder pagarlo y de que la dueña me haya hecho corta la normalmente extensa lista de requisitos: doce meses de cotizaciones, tres meses por adelantado, un salario cuatro veces superior al monto de la renta, un aval chileno, documentar con cheques un año de alquiler, no ser extranjero. La dueña -amabilísima- solo me pide la mitad de esos requisitos, pero sobre todo, no me pide no ser extranjera, el requisito que no lograré nunca por mucho que ahorre o trabaje o me pare de cabeza. Firmo, y entrego en pago casi todo cuanto poseo, para mudarme a un rinconcito con luz que apenas podré amoblar con una cama y un refrigerador; lo estrictamente indispensable, hasta que las finanzas se recuperen del golpe. No importa; agradezco; en realidad nadie necesita un sofá o un televisor para vivir; según he aprendido, es posible vivir incluso sin paz, sin certezas y sin electricidad. Por eso, ahora, cada vez que me encuentro dando un paso en firme antes de arriesgar el siguiente, agradezco el suelo bajo mis pies, porque sé que no está garantizado, que es un lujo y un privilegio que tengo la suerte de tener.

Como encontramos departamento tan pronto, tengo varias semanas para ir mudando nuestras posesiones, preparando las cosas; para contratar internet y hacer que lo instalen; para dar vueltas por la sala vacía mientras me imagino qué cuadros colgaremos, mido bien los espacios una y otra vez para ver si entra un escritorio donde pintar mis acuarelas, y le pongo nombres imaginarios a mi gato imaginario al que José Luis se ha ido acostumbrando antes de que exista -como la mayor parte de la gente en mi vida, es un dog person; es obvio que si no lo fuera no habríamos sobrevivido juntos más de una década. Yo, que le tenía miedo a los perros desde toda mi vida, me he ido reconciliando con los perros tranquilos y amables de Santiago, con los perros callejeros que están mejor alimentados y más abrigados que yo en invierno, y cuyos ladridos son tan inusuales como la lluvia-. Sin embargo sigo queriendo un gato, aunque estoy segura de que esto no es sino una expresión del deseo subterráneo de echar raíces, por fin, en algún lado. En una semana cumpliré treinta y tres años, me digo, y desde los diecisiete me siento nómada en el mundo, sabiendo que cada lugar es transitorio y con la escasa seguridad de tener un hogar solo una semana o dos al año, cuando vuelvo en peregrinación hasta la casa de mi madre, hasta el pueblo donde nací. Es hora, me digo, de hacer de otros lugares una nueva versión del hogar, de encontrar lugares donde pueda pisar con firmeza, sin miedo a que el suelo se desmorone bajo mis pies.

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