Sangre (Diarios de la pandemia, II)

Me levanto temprano porque tengo que hacerme exámenes de sangre, exámenes que he postergado ya por varias semanas por un temor irracional a las salas de espera, a los laboratorios y a los hospitales. Una vez al mes debo ir a la clínica a ver a mi psiquiatra, y el protocolo de control e higiene instalado en el edificio -anexo a un mall cerrado, donde antes tenía el hábito de comprarme algo o ver vidrieras después de la consulta para fortalecer una asociación positiva a algo que después de dos años sigue costándome mucho- me pone los nervios de punta.

El laboratorio queda a unas ocho cuadras de mi departamento, así que evidentemente camino. Me falta el aire de inmediato, como si mis piernas se hubieran desacostumbrado al movimiento y mis pulmones a estar en espacios abiertos. Pero, aunque son apenas las 8 am, lo que es de madrugada para Santiago, hay gente en la calle. Todos llevan mascarillas; las mascarillas parecen haber perdido su aire posapocalíptico y ahora son algo normal; anormal sería ver la boca descubierta de un desconocido. Sin embargo, no se conserva la distancia social. La gente me pasa por el lado sin ninguna cautela, y yo misma pierdo las marcas en el piso que me indican que debo recibir las instrucciones de la recepcionista del laboratorio a una distancia prudencial. Me doy cuenta, doy dos pasos hacia atrás.

— ¿Cuál es su isapre?

Santiago está gris y nublado; se anuncian lluvias para mañana, en una ciudad donde no llueve nunca, donde con suerte llueve dos o tres días al año. Miro al cielo, inhalo profundo. Llevo casi dos meses haciendo lo posible por no salir de casa, independientemente de las normas del gobierno respecto a la cuarentena y al toque de queda. Me sé frágil; más de tres médicos en los últimos años me han dicho que mi sistema inmunológico es débil y no hemos podido arreglar eso. Vivo perennemente resfriada; antes de esto había estado viendo a un especialista broncopulmonar que estaba investigando las causas de una tos que no me abandona desde hace cuatro años. Pero justo ahora preferiría no juntar mi condición de inmigrante con los riesgos de toser en público. No, gracias.

Pero la ciudad está linda y limpia, como una copia de sí misma a la que hubieran pasado varios filtros de Instagram. Limpia para los estándares de Santiago, claro; O. diría que está asquerosa porque lo mediría contra los estándares de Miami. Acá, las calles recién lavadas, todavía húmedas, conviven con las pintadas en las paredes que persisten desde septiembre, con las pintadas nuevas y las que siguen apareciendo cada día, con las intervenciones urbanas en protesta. Me desoriento por un momento al ver que estoy en una calle que no conozco; me toma dos segundos darme cuenta de que estoy leyendo un letrero vial intervenido.

Letrero vial intervenido: Macarena Valdés

De regreso a casa, intento no tocar el celular; caminar viendo a mi alrededor, aprovechar el momento que tengo fuera de las paredes del departamento. Me doy cuenta del enorme peso que lleva día a día mi sonrisa como herramienta para disolver mis tensiones y ansiedades sociales; me doy cuenta de que sonrío compulsivamente en el ascensor, en las cajas del supermercado, en la conserjería del edificio. Ahora, sin poder contar con mi sonrisa, vuelvo a ser la niña torpe que tenía miedo de todo. Detrás de las mascarillas, nunca puedo saber si me sonríen de vuelta.

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